• 15.11.1884
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  • La Isla

Editorial NUESTRO VERDADERO CARÁCTER. Semanario "La Isla" 15.11.1884

Signo precursor é infalible del agravamiento progresivo de los males que afligen a los pueblos, suelen ser la indiferencia y apatía que de éstos se apodera cuando, agotadas sus fuerzas en tentativas infructuosas, ya por ser éstas desproporcionadas con la gravedad de aquellos, ya por no ser oportunas y adecuadas, renuncian con desaliento a continuar una lucha, que en su impotencia llegan a considerar completamente inútil. Algo parecido a lo que acabamos de manifestar ha sucedido en este país en diferentes épocas, y de aquí la indiferencia y apatía características, atribuidas a nuestro pueblo por propios y extraños.

Pero felizmente se han notado ya en nuestra reducida sociedad ciertas señales que, al contrario de las arriba indicadas, son indicio de que el deseo de una nueva vida exuberante y completa, y el anhelo de colocarnos en el grado a que legítimamente podemos y debemos aspirar en la esfera de la civilización, comienzan a reemplazar nuestro anterior abatimiento. ¿Qué significa, si no, la preocupación que embarga desde hace muchos años a las personas ilustradas y amantes del país, en todo lo que directa ó indirectamente se relaciona con el remedio dé los males que aquejan al mismo? ¿A qué obedece asimismo el planteamiento de todas las cuestiones referentes a los medios de mejorar las condiciones de nuestra existencia como pueblo culto y civilizado?.

El aislamiento ha sido, por tanto, hasta ahora y probablemente continuará siendo aún por mucho tiempo, la principal valla que impide salir de su actual estado a la mayor parte de la población de esta isla.

No nos hacemos la ilusión de creer que por el mero hecho de desear nuestro adelanto y bienestar, hayan éstos de venírsenos, según la expresión vulgar, como llovidos del cielo. No; este anhelo, que es el de todos los pueblos cultos no se satisface sin grandes luchas y sacrificios. Mas la primera condición para alcanzar un objeto cualquiera es desearlo deberás. Es muy cierto que el poder del hombre está en proporción de su saber; pero no lo es menos que en la fuerza y constancia dé la voluntad consisten principalmente la realidad y eficacia del poder. Debemos considerar pues, como de feliz augurio, la constante agitación que ha comenzado a sustituir a nuestra prolongada indolencia. No nos detendremos a indagar las causas ocasionales de tan saludable reacción, por ser éstas ajenas a nuestro propósito: tratamos únicamente de consignar el hecho, y esto basta al objeto que nos hemos propuesto.

Hablando con todo rigor, no están, pues, en lo justo los que nos atribuyen como rasgos característicos y geniales, las cualidades de indolencia, apatía é indiferentismo: convenimos en qué estas notas se han hallado durante largo tiempo (y se hallan todavía, aunque no de un modo tan marcado) impresas en la fisonomía de este pueblo; pero siempre con el carácter de accidentales, y como resultado necesario tal vez de nuestra anterior postración, y debido seguramente a los motivos independientes de nuestra voluntad que hemos apuntado al principio. Y que esto es así, pruébalo no solamente cuanto llevamos expuesto, sino también el mismo carácter de estos isleños considerado individualmente, el cual ha sido en todo tiempo activo y enérgico, especialmente fuera de su tierra natal, donde se han distinguido por su laboriosidad, demostrándose en particular susceptibles al estímulo.

Pero además de los diferentes obstáculos que todos reconocemos, y que así nuestro colega local como La Isla han consignado en sus columnas en diversas ocasiones como verdaderas causas de nuestro estado relativo de postración, existe otro, que a nuestro juicio es el más difícil de vencer, y mientras no desaparezca, a lo menos en su mayor parte, continuará oponiendo a todos nuestros esfuerzos una resistencia tenaz y casi invencible. Aludimos a la diseminación de nuestra población rural. ¿Cómo difundir con la debida rapidez entre nuestros campesinos la instrucción necesaria al fomento de las artes e industrias, sin la cual es indudable que tardarán indefinidamente en modificarse los usos y costumbres de aquellos, y en una palabra, su modo particular de ser? No debió ocultarse a un monarca tan sabio como Carlos III la necesidad de agrupar la esparcida población, de nuestros campos, cuando expresamente lo consignó y dispuso así en su Real Instrucción (referente al Plan de mejoras de estas islas, de que ya tienen noticia nuestros lectores), cuyo capítulo XI contiene el siguiente párrafo: “Se ha de procurar que las habitaciones de los naturales se reúnan un lo posible principalmente en aquellos parajes en que están situadas las tierras más feraces y propias para sacar las utilidades consiguientes a un buen cultivo, para que tengan los naturales un orden civil, nacional y propio, para vivir con el arreglo de costumbres que pide la religión.”

El aislamiento ha sido, por tanto, hasta ahora y probablemente continuará siendo aún por mucho tiempo, la principal valla que impide salir de su actual estado a la mayor parte de la población de esta isla. No juzgamos necesario probar la perniciosa influencia de aquel estado en favor de la rudeza natural de los pueblos, y contrario a la dulzura y primor de los usos y costumbres, no menos que a los nobles sentimientos del hombre hacia el bienestar del individuo y de la sociedad. Por otra parte, la misma etimología de la palabra civilización (de la latina cintas) empleada al principio para determinar la diferencia entre los habitantes de las ciudades y los del campo, demostraría en cierto modo la verdad de nuestro aserto, si ya la historia de la civilización misma no nos ofreciera el ejemplo de algún pueblo (como el chino), el cual a pesar de su reconocida aptitud para las ciencias, de la perfección que ha alcanzado en la industria manufacturera, y de haber conocido muchos siglos antes que la culta Europa la imprenta, la pólvora y las cualidades del imán, permanece estacionario conservando sus primitivas costumbres, cuya asombrosa extravagancia solamente se concibe en su aislamiento con los demás pueblos. No deben, pues, ser consideradas las referidas cualidades de apatía, indiferentismo, y mucho menos la de desvío al trabajo (consignadas en algunas obras históricas y geográficas) como inherentes a nuestro carácter y formando los rasgos fisonomísticos de nuestro pueblo; sino más bien como el resultado de nuestra impotencia, ocasionada a su vez por el abandono en que se nos ha tenido en épocas diversas, no menos que por los obstáculos casi insuperables que han podido lograr en varias ocasiones nuestro abatimiento, aunque nunca extinguir por completo la energía verdaderamente genial del pueblo ibicenco.

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